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Un día nace un suspiro, un suspiro extranjero y extraño que se engrandece en el espacio, que se expande poco  a poco ocupando su espacio, ocupando mi mente, incitando a mi mente cuyo suspiro lo imagina y lo engrandece, le da cobijo y lo hace tan familiar…que al suspiro acude cuando la “bestia sexual” se despierta y es imparable…

 

 

Relincha el caballo…

Relincha la yegua…

Termina la espera…

Se consolidan los deseos…

“il fogo” de una donna que le arden los cascos

“il fogo” desde sus pezuñas hasta la raíz de sus cabellos,

el campo plantado de tentaciones que empieza a dar su fruto

tras la espera indecisa del impacto de las dos tormentas.

“Il fogo de Roma” se empequeñece en el humilde recinto.

¡Tengo” fogo” en mis manos y sobre mi pecho quemando!,

que a mi yegua relincho que sepa de mi gloria,

y mi yegua relincha con el “fogo” de mi cuerpo, y su gana voraz.

¡Qué yegua esta “donna” que acude domada relinchando  a mi cuadra!

¡Qué yegua que como “il fogo” de Roma no me salvo de sus llamas!.

Salvador de su soledad me anuncia y me repite relinchando lastimosa.

Salvador de su fuego que arde y no se extingue, la aprieta y la oprime,

que en su establo relincha y se queja,

que en mi cuadra relincha, gime y se ensancha.

 


Los granos de maíz ya están maduros para su plena cosecha, y sus hojas lanceoladas paralelinervias ya vencidas mostrando el esplendor de la mazorca, y la mazorca exhibiendo

“il fogo de una donna”,  convertida en yegua hambrienta.

 

¡Relincha yegua!. ¡Descánsate!. El campo es tuyo, el maíz, la mazorca…

¡Cuánta hambre leo en tu mirada tendida a mis ojos compasiva!

Compasión tengo de tu hambre que de mi campo te ofrezco mi esplendor,

la mejor majorca para “il fogo de la meua donna”, el mejor tiempo para saciar sus ansias.

 

Come mi yegua, mi “donna” sin prisas devorando este tiempo de oro, dorado,

cual el maíz que cubre esta mazorca, cual las hojas rendidas paralelinervias,

y ¡relincha luego!, al terminar y aclámate al cielo y cabalga al infierno…

que la vida es corta, con dolores y pesares, y la felicidad de mi campo menguará…

Cogé ahora su cosecha y hazla tuya. Ahora que la cosecha está en su justo punto,no mañana ;

ni más tarde. Ahora que somos dueños del silencio, de la soledad,

ahora que solo hay dos miradas que se hablan y otras que no pueden decir nada…

esas que todo lo ven y todo lo callan casi como la interminable mazorca de su obsesión.

 

¡Relincha yegua, ahora!. Ahora que estás llegando a la cúspide de tus sentidos;

siento tus sentidos en las yemas de mis dedos, “ il fogo de la meua donna”.

Sabía que había fuego en tu volcán, pero tanta hambre… tanto pulso acelerado…

quizás es el fruto de mi mazorca, esta mazorca de campo ajeno juguetona.

 


 

Las yemas de mis dedos en tus sienes sientes tu palpitar, “il fogo de la meua donna”.

 

¡Dios mio!...¡cuánta pasión encierra su mente! ¡cuánta opresión que desea liberarse!.

 

“Il fogo de la meua  donna” se esparce por el recinto contra las paredes silenciosas,

y hacer gemir al caballo que busca a su yegua, hoy la cuadra para los dos.

 

Las yemas de mis dedos tocan tus pensamientos;

siento su golpear a tiempo arrebatado,

su nerviosismo, su intranquilidad y el fluir de los deseos;

esos que me inundan y se asocian a los míos;

esos que deseo vulnerar y que me hablan de su transigencia,

de su aceptabilidad contras las normas del retroceso o la incoherencia.

 

Las yemas de mis dedos se clavan en tu cabeza y te  instruyen,

siento tu flojedad y tu comunión con mis yemas que te dictan,

y ya me quema “il fogo de la meua  donna”, y ya me aren mis yemas,

que el mundo se silencia en el recinto solo el batir de tu sangre,

solo el sonido de mi pulso  acariciando la  cabeza de mi yegua.

 

 

En las paredes rebotan tus sentidos , ya segura y tan cierta,

que abres las puertas de mi castillo y admiras mi gran pasarela

y de un golpe cruzas de la fidelidad a la infidelidad que te aprieta,

y relinchas pegada a los estribos de mis manos que te sujetan,

y la yemas, mis yemas arden, es “ il fogo de la meua donna”



 


La lucha en la cama de los compromisos terminó en un abrir y cerrar de ojos.

El gladiador espera en el coliseo mi llegada para la lucha a muerte. ¡Qué lucha!...  es un juego,, una puesta  prueba del flujo de la sangre y el volcar de los sentidos, mientras Roma duerme y la cama de los compromisos, fría, de hielo, se derrite, y el  leño encendido marca al inicio de la batalla.

 

¡El leño!-

Ya veo el gran leño en su altura anunciante

que la espada de mi gladiador espera, certera, afilada,

 a impactar contra el escudo de mis sensaciones acumuladas

y abrir la brecha del anhelo de mis deseos  que tanto me insisten

y derramarlos a sus pies, inundando la plaza convirtiéndome en gladiadora,

así a mi manera, atacando sus puntos débiles, esos que a mi me alteran,

haciendo doblar la hoja de su espada a la insistencia de mi lengua,

y el quebrar de sus piernas  al silencio y la voz de mi palabra, así, a mi sola presencia.

 

 

El gladiador se deja vencer…ya conoce a esta gladiadora y sus puntos de insistencia;

le llama “yegua”, y sabe como domar a su yegua,  hacerla obedecer y subyugarla,

así la deja jugar a la gladiadora vencedora de la batalla , hasta sacarle su otra alma,

esa que arde en su hoguera eternamente, y la impulsa a evadirse  y buscar su libertad.

 

¡El leñó!.

Aún más arde el leño en medio de la batalla y se me escapa el alma;

siento el alma de mi propio “yo”, ese que me eleva por encima de la cama de hielo,

por encima de todo y todos, y arrebato al universo si es preciso para inundarlo de placer,

y me siento vencida como la yegua que jugando la  inducen a doblar la rodilla,

y esta gladiadora abandona su escudo protector y se deja en los brazos de su gladiador.

que inserte su espada , que sucumba mi cuerpo y se ría mi alma.

 



Se asoma el atardecer. El gladiador espera en la cuadra junto a los caballos donde pronto acudirá la “yegua”. Esa yegua desbocada que con cabeza baja sabe a donde tiene que acudir para galopar hasta el caer la noche y rendir sus miembros a la espada invencible y rendir su voluntad al fuego que imparable le ardor dentro y solo se domina con el fuego contra fuego. El atardecer...la penumbra…Roma silenciosa…la sangre que dicta…el gladiador…su espada…la batalla perdida…

 

Ya despunta el atardecer,

ya se alborota el fuego en mis entrañas,

y mi cuerpo se inunda de esa corriente  que me desborda y me lanza…

 

Me lanza a evadirme a la arena del circo y sacar al gladiador de su cuadra,

buscar su espada, esa de hoja perenne tan bien afilada, y sacarle brillo,

no sé, quizás sacarle el brillo hasta quebrarla o elevarla altiva,

no sé, quizá no hacer nada, tan solo mirarla y contemplarla de cerca,

que sea ella misma la que se venza al acudir de mi aliento, a la luz de mi mirada.

 

Ya se alborotan mis llamas,

la hoguera se vuelve inmensa en mi cuerpo

y el fuego arrasador no deja paso a consideraciones;

tan solo al gladiador en su cuadra y al tiempo de su espera,

y todo mi oprime y se acumula en mi mente que sin remedio me empuja…

 

Me empuja a tomar mi salida tomada por el olor de cuadra y de piel nueva,

buscar en sus besos el estallido de los fuegos y la ignición de mi alma,

vivir en el silencio del momento el latido de su corazón y el palpitar de mi cuerpo,

ser esa yegua que mi gladiador domina cuando acudo al circo, allí sobre su arena.

 

Ya cae la tarde,

Ya parece que se aplacaron las llamas.

Roma descansa…el gladiador se queda aún contemplando el circo, su arena.

donde “ il fogo de una donna” la cubrió de rosas, sangre y llamas.




 “Il fogo de la donna”.  Pasó por mi lado y aprecié su fuego, la llama que  ardía y flotaba sobre el mármol del recinto y el asfalto de la calle, y en su mirada y sus gestos buscaba material combustible, el leño, y echar cenizas sobre los recuerdos fosilizándolos para su silencio.

 

Il fogo de la donna, fue instante, apenas el contar del tiempo

y una cálida ráfaga de fuego se entorno a mi cuerpo y cruzo mis sentidos,

que en ese momento sentí su magnetismo y el arder de su sangre en sus venas,

y la pasión titilante en sus ojos destellantes a los míos penetrándola.

 

Supe de su fuego en su titubear, en las frases cortas impregnadas de nerviosismo,

en su querer decir mucho queriendo hablar poco, tan solo lo imprescindible,

pero su voz apagada, nerviosa, pausada y de profundidad sensual lo decía todo;

era “il fogo” que le surgía desde adentro del pecho a la pupila de su mirada,

era “il fogo” que le brotaba cual volcán saturado del ya inaguantable magma,

era “il fogo de la donna” la “donna” que tenía que consumirse en mis labios.

Y apresurándome a su lado le tendí mis primeras palabras sencillas y atrevidas,

y poco a poco las palabras fueron abriendo las puertas de su castillo de oro,

y poco a poco las caricias fueron llegando al epicentro de su horno,

 la “donna” sirvió “il fogo” que andaba buscando, que andábamos buscando…