EL MÁRMOL NEGRO

 

(INTRODUCCIÓN)

 

 

Extraer del mármol negro las tinieblas del fin, las historias oscuras de la vida tan escondidas, los lloros, rabias, malestares de la impotencia; la existencia de un infierno más negro que aquella alma podrida que Dios incluso dudaba perdonar.

 

Sonsacar de la piedra de mármol negro, moldeada por el hombre, las fantasías, el materialismo, la belleza trastocada que nos turba y engaña arrastrándonos a absorber la vida sumergidos en el engaño, sin darnos tiempo a pararnos ni a incitarnos a meditar sobre las cosas simples, saludables y bellas que con humildad nos rodean.

 

Y artificiales vivimos creyéndonos los engaños y moldeándonos al antojo de las tantas necesidades y conveniencias más cerca del mármol negro que del blanco.

 

 



PIEDRA

 

 

Piedra, paciente,

Menuda, silenciosa,

tranquila, sosegada,

fuerte, recia,

firme, esclava,

o floja, libera.

 

Piedra, testigo,

oyente, discreta,

quieta, apaciguada,

neutral, imparcial,

tersa, fría,

o cálida, benigna.



 

INCITACIÓN A LO DESCONOCIDO

 

 

El temor a la oscuridad,

el silencio aplastante,

el aire moribundo,

los sonidos sin proyección,

los miedos a las sensateces,

los riesgos inútiles,

no tuvieron bastante fuerza

para detener mis pasos vacilantes,

adentrándome en la galería mármol azabache;

 

donde la marcha atrás se volvía tan incierta como seguir hacia delante

convirtiéndose cada nuevo paso en avance y retroceso entre lo cierto y lo incierto;

 

donde incluso gritar podría convertirse en una necesidad básica

para romper con las presiones y fantasmas de los miedos;

donde las palabras no pasaban más allá del pensamiento.

 



Las voces llamando, ganando los sentidos.

Las voces induciendo, picando las curiosidades.

Las voces desafiantes, probando la valía.

Las voces comiéndose voluntades, conquistando.

 

Las voces despertando instintos ocultos, desconocidos, y dejándose arrastrar,

y sin poder evitarlo, continúo mi camino adentrándome en la oscura galería.

 

 

 

¡CUÁNTAS VECES PAGAMOS NUESTRAS CULPAS!

 

 

¡Cuántas veces pagamos las culpas sin tener culpa!

 

¡Cuántas veces nos sumergimos en el negro y el fuego,

y la sociedad nos quiere condenar por su incapacidad!

 

¡Cuántas veces el negro y el blanco se armonizan,

y salta la tersa vara rompiendo los colores sin motivos!

 

¡Cuántas veces se coge el fuego placentero con las manos,

y los locos creídos cuerdos dicen que es locura!

 

¡Cuántas veces nos esforzamos a no ser ciegos en las nieblas,

y la mayoría somos incapaces de ver entre el negro sobre el negro!

 

¡Cuántas veces morimos en este mundo abrazados al infierno,

cuando nuestros sentimientos caminan directamente al cielo...!

 

Y ellos, los demás, sin saberlo.

Siempre tan incrédulos.


LA ESFINGE DE LOS INDESEABLES

 

 

Las lamentaciones ya no sirven de nada.

 

El querer enmendar está desfasado.

Los gritos, las súplicas para rectificar

han quedado obsoletas, sin marcha atrás.

 

Y en la galería de las mortificaciones se desesperan.

 

En la oscuridad aúllan sus males al mundo negro donde el aire, si existe,

no quiere oír lamentos;

donde la oscuridad se burla negativa de su estupidez;
donde los indecentes solo pueden aullar sus pesares en un antro sin límites de vida,

sin muerte, y lo que más duele es ver la realidad de la vida y su comportamiento

que ya no pueden enmendarse.

 

Los altavoces, sus ecos, recordando sus actitudes.

Las pantallas con videos repasando sus comportamientos.

Las ondas musicales transformadas en continuos reproches.

 

Los sueños adulterados con imágenes de lo que hicieron mal;

el entorno vomitando escenas de sus desaprobados hechos, y viviendo sin poder morir ni reposar, moldeados bajo la esfinge de los indeseables.



LA COMPAÑÍA DE LOS GRITOS

 

 

Los gritos apaciguan mi dolor;

elegí ser deshonrado, un cabrón,

y el tiempo parcial me colmó de cierto placer

cuando esta eternidad me martiriza.

 

Ya no me quedan dudas del placer que disfruté;

quizá no aprendí a descubrir otros gustos,

satisfacciones, compensaciones distintas,

y me cegué por el placer confuso del instante;

por las frivolidades, derroches y potencial argentario,

y no supe disfrutar de una mirada,

de una palmada en la espalda con afectuoso compañerismo;

de una conversación traslúcida con claros, sin tapujos;

de un estrechar las manos sin más secreto que presentarse a un amigo.

 

Los gritos me acompañarán en este recinto y estallan en sus paredes sin más
reconocimiento que mi propio fracaso.