INTRODUCCIÓN

La influencia de mi compañero Juan Corró, entusiasta del alpinismo, me llevó a lanzarme a la aventura de imaginar sus sensaciones, sus pensamientos, el gozo y el sufrimiento del alpinista en su trayectoria hasta conseguir su cumbre. Así me infiltré en su personalidad y desde, mi mente, intenté vivir todas esa explosión magnética que incita a amar la montaña, sus alturas, su cielo, quizás su proximidad a Dios y,  sumergido en esta aventura, no dejé de admirar a mi compañero, en todo este trayecto hasta hacer cumbre, el amor que siente por sus seres queridos, su esposa, sus hijos. Con todo ello he impregnado la obra con escritos,  poemas de  sentimientos amorosos que reflejan aquello que sólo decimos a los seres queridos cuando estamos lejos,  pues el cara a cara nos retiene y, lamentablemente, nos enmudece.



Pienso que Juan Corró quisiera que la obra se dedicase a todos los alpinistas, incluyendo a los Serpas y le complazco en esta dedicatoria.

 

                                                                                                      Eric Maunt

 

 

 

 

 

 

 

1-CUMBRE. DESAFIANTE, IMPERATIVA, MAJESTUOSA

 

¡Ahí estás!,

desafiante ante mis ojos, imperativa, majestuosa,

rasgando al cielo, hermanándote con las nubes que te coronan y aterciopelada por las sábanas de algodón de las nieves, que te cubren día tras día y noche tras noche acostumbradas a ti, a formar parte de tu cumbre que de la tierra al cielo levantas, como queriendo mostrar tu rostro más cerca que nadie a Dios;

como queriendo ser la meta de los que quieren tocar el cielo.

 

Ahí estás,

y te miro desde la falda de la montaña, y  te admiro y me tomas.

 

Y así permanezco callado mientras te absorbo y te infiltras en mí, y callado te evalúo y estudio tu desafío en tu cara sin risas, entre tus arrugas, en la suave brisa del viento a tu falda

y el eco del zumbido del viento en las alturas, y clavados los sentidos en cada una de tus arrugas confecciono mi ruta a la cumbre;

los miedos golpeados y retenidos en las sienes,

que cada uno sepa de sus temores;

en la memoria siempre una esposa, un niño, unos padres que esperan la vuelta, y en el horizonte tú, mi montaña, mi cumbre, que colocas la balanza.

 

 

 

 

Ahí estás,

coronada por la nube que me espera para envolverme,

hablándome con tu silencio,

pues ya me dice tanto el zumbido de tus vientos;

con tu nieve, que ya me dicta tanto con la textura y el espesor de su cuerpo;

con tus venas, que van imprimiendo la débil senda para adentrarme en tu misterio, con tu aire, con tu aliento,

que cada vez vas a hacer más difícil mi respirar en ti.

 

Y aún con todo esto me atraes

y me arrastras paso a paso hacia ti,

 a que te viva en mi pensamiento como una gran maravilla de la creación, y así mirándote, aún creo más en Dios,

en la existencia de algo divino que te creó.

 

 

 

 

 

41- EL SONIDO DEL VIENTO

 

El sonido del viento,

el despertar al miedo,

el agrietamiento de los labios,

el rechinar de los dientes,

el tiritar de las manos,

el acartonamiento de las mejillas,

la sequedad en la boca,

el silencio de la garganta,

el apagar de las sílabas,

la sensibilidad en las orejas.

 

El resplandor de la nieve,

el resurgir de la esperanza,

el flirtear de las pupilas,

el olor a café,

el calor del fuego,

la realidad de los sueños,

la aceptación del sacrificio,

la visión del universo,

el significado del objetivo.

 

Nos levantamos y nos cargamos con los bártulos,

y seguimos forjando nuestra esperanza

e ilusión en cada paso,

en cada dificultad vencida.